18 de Noviembre, 2025
Columna publicada el 16/11/2025 en el suplemento Artes y Letras de El Mercurio, como parte del artículo "¿Cómo hacer de las redes sociales un espacio de deliberación democrática?". El reportaje aborda el libro "Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa”, del filósofo Jürgen Habermas.
Habermas comienza recordando que la esfera pública nunca ha sido un espacio completamente inclusivo o perfectamente racional, sino una estructura aspiracional sostenida por instituciones y expectativas culturales orientadas al intercambio de razones. Lo que preocupa en el contexto actual es la erosión de esas condiciones. La expansión de plataformas digitales ha multiplicado las oportunidades de expresión y participación, pero al costo de fragmentar la comunicación en micro-esferas aisladas, configuradas por algoritmos que filtran contenidos según preferencias previas. Esta fragmentación debilita la base intersubjetiva necesaria para la formación de una voluntad política común.
La ampliación de voces no condujo automáticamente a la creación de una esfera pública deliberativa. La velocidad, la inmediatez, la lógica de la viralidad y el diseño algorítmico premian lo emocional y lo polarizante, fragmentando el espacio común. La conversación pública deja de ser un esfuerzo compartido para comprendernos y se convierte en una lucha por atención y reconocimiento.
Gabriela Arriagada, académica IMC / Instituto de Éticas Aplicadas UC e investigadora del Centro Nacional de Inteligencia Artificial.
Por eso Habermas habla de un "imperativo constitucional": no basta con esperar que la gente "use mejor" las redes. La deliberación no ocurre de manera espontánea. Para que exista deliberación deben darse ciertas normas y mediaciones: accesibilidad inclusiva, orientación hacia la verdad y justificación recíproca, reconocimiento del otro, y mecanismos para filtrar información confiable. Necesita por sobre todo una cultura de escucha y de flexibilidad moral, algo que las plataformas actuales rara vez fomentan.
Pero la historia no está cerrada. La esfera pública siempre ha sido un proyecto inacabado, algo que se construye y reconstruye. Podemos imaginar redes diseñadas para acercar perspectivas distintas, algoritmos que prioricen la diversidad informativa antes que la intensidad emocional, espacios moderados comunitariamente en los que la conversación no se degrade. También podemos enseñar, en la escuela y en la vida cotidiana, que la democracia no se sostiene solo en el voto, sino en la capacidad de argumentar y ser persuadidos, y del desarrollo virtuoso de nosotros como ciudadanos.
La esperanza no está en abandonar la tecnología ni en idealizar un pasado que tampoco fue perfecto, sino en reaprender a encontrarnos. Si logramos que las redes habiliten nuevamente la posibilidad de reconocernos como interlocutores, entonces la plaza pública podrá reabrirse, ahora en otro formato, pero con la misma aspiración: que la palabra compartida sea el punto de partida para decidir juntos qué mundo queremos habitar.
Fuente: El Mercurio.